La sorprendente personalidad de André Malraux —soldado de tres guerras, ex revolucionario y novelista mundialmente conocido— alcanza su plenitud en esta obra fundamental, dedicada a uno de los grandes amores de su vida: el arte. Cabe decir con verdad, que cada página de Las voces del silencio da testimonio de la visión penetrante, de la originalidad del enfoque, del vuelo y de la maestría del estilo con que el autor nos explica su idea del "museo imaginario" o analiza el hecho de "la creación artística" y lo que considera "Las metamorfosis de Apolo", para desembocar en una rica y colmada tabla de valores que coloca bajo el signo de "la moneda de lo absoluto".
Malraux pone su erudición al servicio del pensamiento. Su manera es siempre un discurrir inteligente que señala causas y consecuencias, interpreta el lenguaje que en sí encierra toda obra de arte y establece relaciones entre atmósferas y climas estéticos de los más variados tiempos y latitudes para fundamentar sus observaciones críticas, siempre agudas y provechosas.
No quisiéramos afirmar que en Las voces del silencio hay una historia y una filosofía del arte y, sin embargo, a ellas nos conducen incesantemente las premisas y conclusiones que Malraux extrae de su visión universal, extendida en las perspectivas de su alto vuelo a las diversas épocas, razas, religiones y culturas.